Mi primer viaje en un avión

Aquí estoy sentado, viendo el movimiento en el Aeropuerto Marcos A. Gelabert en la Ciudad de Panamá. Estoy atento a todos, tanto pasajeros que nos acompañarán como al personal realizando su trabajo. No hay lujos en este aeropuerto, existen varias pantallas de televisión pero apagadas simplemente reflejan el paso ocasional de algún desprevenido. La pequeña sala de espera poco a poco se va llenando de más y más personas, y mi ansiedad no hace nada más que crecer. Mis manos sobre mis rodillas se sienten húmedas, es innegable el nerviosismo que me embarga… es la primera vez que me subiré a un avión.

Mi novia toma mis manos, me da un beso en la mejilla y me dice que me tranquilice; yo tímidamente respondo que estoy tranquilo. ¡Que malo soy para mentir! Es hora de cambiar el plan, esto de estar sentado no es lo mío. Lentamente me movilizo a una máquina de golosinas que se ubica al otro extremo, solo para notar que no cuento con cambio para hacerla funcionar. Empiezo a escuchar el sonido de un pequeño avión que se aproxima, acelero el paso hacia los grandes ventanales justo a tiempo para ver como un Cessna bimotor realiza su aproximación final y posterior aterrizaje; muchos toman fotos, otros opinan que ni en sueños se subirían a un avión tan pequeño… yo simplemente observó.

De regreso a mi asiento un estruendo me hace mirar atrás y ver como un Fokker 100 se mueve sobre la pista. A primera vista se nota como un avión pequeño, un tanto viejo, pero de una belleza clásica y elegante de esas que ya no se ven. Llego a mi asiento, tomo mi mochila y reviso por quincuagésima segunda vez reviso que tengo mi pasaporte y pase de abordar; el vivir a más de tres horas del aeropuerto no da cabida a olvidos. Resuenan las ruedas de las maletas de la tripulación en el camino hacia su oficina, son pocas las personas que pueden decir que todos los días trabajan a miles de metros sobre el suelo. El movimiento continúa, y el personal encargado de asistir en el abordaje se coloca en posición de batalla; al mismo tiempo, personal del aeropuerto coloca pequeños conos naranjas a lo largo de la pista creando un camino cual alfombra roja hacia las escaleras que dan acceso al interior de la aeronave.

Anuncian que el momento de abordar ha llegado… ¡al fin! Revisan nuestros papeles y emprendemos la caminata hacia el avión que nos llevará a poco más de 300 millas a la ciudad de Medellin en Antioquia, Colombia. Mientras camino se me escapa una risa nerviosa, una combinación de emoción, ansiedad, nerviosismo y felicidad provocan en mi comportamientos extraños. Miro mis zapatos, levanto la mirada, observo como ya estoy cerca a subir los escalones y escucho como mis dientes chocan unos contra otros. Me detengo unos segundos frente a la escalera y la observó, es la primera vez que en 28 años de vida saldré de esta tierrita llamada Panamá. El camino hasta aquí no ha sido fácil, después de muchos sacrificios veo el fruto de mi esfuerzo. Tomo valor, me aferro a los barandales y subo los peldaños que me permiten acceder a esa maravilla holandesa con alas y decidido busco el asiento que me corresponde. Lentamente veo como los demás pasajeros entran a la aeronave y acomodan sus maletas y bolsos en el interior. Veo sonrisas, caras de enojos y también de miedo; no soy el único nervioso en este vuelo, pero no termino de tranquilizarme.

Luego de un embotellamiento en el pasillo motivado por la dificultad de colocar una maleta en los compartimientos superiores, todos estamos listos en nuestros respectivos asientos. La tripulación a bordo inicia con los procedimientos necesarios para el despegue y en más de una ocasión intercambian información con los pilotos. Después de algunos minutos estamos listos para iniciar la aventura. Inician con la explicación de los procedimientos de seguridad y aunque son efectivos en la manera en que los transmiten, me decepciono un poco… creo que es por ver demasiados vídeos en Youtube de tripulantes que resultan demasiado chistosos al realizar este proceso. Me ajusto mi cinturón y me aferro lo más fuerte que puedo al asiento, totalmente tenso y con la voz temblorosa tratando de parecer “normal”.

Ya ha caído la noche en la ciudad y el aeropuerto no escapa de las penumbras, lo cual me permite ver por la ventanilla la iluminación en la pista mientras el avión toma posición en la misma. Se escucha como los motores aceleran su marcha y las ruedas retumban en la pista, llego el momento del despegue. No sé que palabras usar para describir el momento en el que siento que dejamos de tocar tierra y empezamos a surcar los cielos, es una sensación grandiosa como tu cuerpo se afirma con fuerza al asiento mientras nos alejamos cada vez más del suelo. Siento como se nivela la altitud, la luz que indica el uso del cinturón se desvanece y la tripulación anuncia que es seguro levantarse de los asientos y usar el sanitario. Me siento mucho más tranquilo, es un vuelo corto así que estimo que es hora de relajarme y conversar un poco.

Mi tranquilidad dura menos de cinco minutos, se vuelve a encender el indicativo del uso del cinturón. Y el anuncio del piloto rompe en mil pedazos mis ilusiones, entraríamos a una zona de mal clima. No había terminado su proclama cuando el avión se sacude con fuerza y se logra escuchar como el equipaje en la cabina se mueve en los compartimientos. Las turbulencias y mi ansiedad se intensifican, el paso de un huracán cerca de la ruta ha incrementado las lluvias en la zona. La lluvia golpea fuertemente contra las ventanillas y se logra ver como se forman ráfagas de agua en las alas de la aeronave. Cerca de 45 minutos después las turbulencias ceden y el anuncio del inicio de la maniobra de aterrizaje me llena de alegría, miedo y emoción. Se notan luces, muchas luces. Es un espectáculo encantador, siento que el municipio de Rionegro me da la bienvenida a Colombia.

Se reduce la velocidad, la altitud disminuye y las luces de la pista del Aeropuerto Internacional José María Córdova se hacen visibles. Llega el momento del aterrizaje y nuevamente me aferro con fuerza, luego de tantas turbulencias me merecía un suave aterrizar y el piloto no me defraudo. ¡Hemos llegado! Luego de algunos minutos de carreteo somos llevados a la terminal a realizar los procedimientos de seguridad que nos permitan el ingreso al país, lo que transcurre con total normalidad. El funcionario de migración realiza las preguntas de rutina, revisa y escanea mi pasaporte, toma el sello y coloca en el mismo su primera estampa, me entrega el documento y con una gran sonrisa me expresa: “Bienvenido a Colombia, disfrute de Medellin”, no logró formular una respuesta coherente y sólo me limito a darle las gracias. Pero en mi mente me digo tenlo por seguro, lo haré.

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